El entrenador australiano de 56 años es el coach de Los Pumas y sólo tiene un objetivo en mente, superar la medalla de bronce conseguida en 2007.
La suerte de Michael Cheika dio un vuelco notable desde que dejó de ser seleccionador de los Wallabies hace tres años tras la eliminación en cuartos de final frente a Inglaterra en el Mundial de 2019, con los abucheos de los aficionados de Australia decepcionados resonando en sus oídos. Pero más allá de aquellos resultados negativos, actualmente se encuentra con mayor demanda laboral que nunca: es director del NEC Green Rockets de Japón, entrenador nacional de Argentina y, curiosamente, coach del combinado de Líbano en la Rugby League.
La agenda está completamente saturada y su año calendario se basa en estar en constante movimiento cruzando el globo con un desfasaje de horarios constante y poco espacio para la vida familiar junto con su esposa Stephanie y sus cuatro hijos, Mattias, Symon, Carlos y Lucia, que actualmente residen en el Sur de Francia. Michael es un personaje físicamente imponente que habla cinco idiomas: inglés, árabe, francés, italiano y está aprendiendo español, aunque todavía necesita un intérprete a su lado. Además, trabajó para la diseñadora de moda Collette Dinnigan con la que construyó una fortuna importando indumentaria de diseño a Australia para luego fundar su propia empresa
En el terreno de la ovalada, es famoso por sus insultos al aire en medio de los partidos y por sus herméticas conferencias de prensa enfrentando a los periodistas. “No tengo ninguna obligación de mostrar quién realmente soy”, afirmó Cheika en charla con Australia Today, haciendo referencia de esa incómoda mezcla de actitud defensiva y combativa que caracterizó su relación con los medios de comunicación a lo largo de los años. “Quizá no quiera mostrar a la gente quién soy”, confirmó.
Para empezar, Michael Cheika es orgulloso de su herencia libanesa y de cómo sus padres llegaron a Australia desde el país asiático con escasos recursos y crearon una vida tan cómoda para él y sus dos hermanos mayores, Caroline y Paul. “Mi padre se marchó del Líbano para empezar una vida diferente y mejor para él y para nosotros, y eso es un gran riesgo. Aprendí esas lecciones de mi padre: no tener miedo a correr riesgos. Pasar al ataque. No quedarse en la defensa”, añadió.
Por esta razón, el tener responsabilidad directa en la selección de Líbano no es casualidad. “Entrenar a un equipo en el país en el que nacieron mi madre y mi padre es algo que nunca pensé que tendría la oportunidad de hacer. Quiero asegurarme de que lo hago lo mejor que puedo para que la gente pueda estar orgullosa de lo que sucede en el campo”, argumentó sobre uno de sus tres trabajos.
La realidad es que Cheika nunca planeó compaginar dos puestos de seleccionador simultáneamente. La Copa Mundial de Rugby iba a celebrarse en octubre del año pasado, pero se pospuso debido a la pandemia. En aquel momento Michael formaba parte del cuerpo técnico de Los Pumas, pero nunca soñó que acabaría ocupando el puesto de seleccionador. Cuando llegó la oferta en marzo de este año, la posibilidad de llevar a otro combinado nacional al máximo evento del deporte era una oportunidad demasiado grande como para rechazarla, y los directivos argentinos se mostraron comprensivos con su compromiso previo con El Líbano.
Quizás haya una razón más profunda para el interés de Michael de asumir en Argentina: es esa debilidad que tiene por los equipos infravalorados por el público y la adicción de superar las bajas expectativas. Sus mayores éxitos como entrenador fueron con el club irlandés Leinster (ganó la máxima competición europea de rugby en 2009), los NSW Waratahs (levantó el Super Rugby en 2014) y los Wallabies (llegó a final de la Copa del Mundo en 2015). Los tres hitos se produjeron cuando fue capaz de dar la vuelta a un equipo de bajo rendimiento consiguiendo que sus pupilos creyeran en sí mismos y se unieran detrás de una historia común.
Cheika tiene una característica que arrastró de su época como jugador: detesta más perder de lo que disfruta ganar. Cuando asumió el cargo de entrenador de los Australia en 2014, el equipo tuvo una racha de ensueño. Pero en los años previos al Mundial de 2019, las cosas fueron de mal en peor y las derrotas superaron con creces a las victorias. “Era capaz de quedarse sentado en el sofá, sin decir nada durante uno o dos días. Y luego se le pasaba. No creo que supere nunca ese odio a la derrota”, detalló su esposa Stephanie.
